16 ago. 2014

Los Guardianes de La Galaxia: el blockbuster definitivo

por David G. González
Los Guardianes de la Galaxia ha llegado a los cines después de una gran campaña de marketing y envuelta en buenas críticas, sobre todo del fandom comiquero. Normalmente, desconfío de las grandes campañas de marketing, pero desde un buen principio me dio la impresión de que esta tenía algo especial, que no era como las otras. Las estrategias publicitarias suelen ser ajenas a las pelis y se dan por supuestas. Es decir, que estamos produciendo Harry Potter: le damos un presupuesto millonario a unos creativos y que vayan haciendo carteles. Que estamos produciendo La cabaña en el bosque: no nos gastamos mucho en publicidad porque apenas ganaremos unos milloncejos. Con Los Guardianes de la Galaxia parece que algún trajeado de la productora, en algún momento, vio lo que James Gunn, el director, se traía entre manos. Y pensó: “Lo vamos a petar. Saca la pasta”.

En serio, no puedes decir que Los Guardianes de la Galaxia no te gusta. Quedarás como un gafapasta de postín o un tipo triste. El verdadero intelectual, el hipster seminal, el adalid de la cultura pop, verá que aquí se ha llevado el cine a otro nivel. Hemos cambiado de teorema, año 1 después de Rocket. Gunn ha consolidado el blockbuster de autor, el hedonismo para toda la familia, un noveno arte en el que no importa tanto hacer una película como hacerlo pasar bien. Los Guardianes de la Galaxia se vive al momento. No importa qué ha pasado antes, ni siquiera qué va a pasar. No tienes tiempo de pensar en nada de eso porque te lo estás pasando bien, y cuando te lo pasas bien no piensas.

¿Puede una película ser para todo el mundo? ¿Puede satisfacer todos los intereses? James Gunn lo ha conseguido. Para empezar, nos convierte a todos en niños, con una escena a lo Spielberg que arrancará las lágrimas de los más sensibles. Ahí hay nostalgia y años 80 en vena, así que a los eternos adolescentes de la época de Narajito ya nos tiene en el saco. Por otro lado, ha hecho una peli con un mapache gamberro y un árbol, llena de tipos azules y verdes y rojos, así que ya tiene a los niños también. Para los que necesitan bromas inteligentes, el gag sobre Pollock no tiene precio. Y a los que les guste el humor guarro a lo American Pie, pues la misma broma sobre Pollock funciona igual. A aquellos a los que sólo les interesan las pelis de acción o las naves espaciales, aquí también tienen una buena ración. Hay guiños para los amantes del cine, como la coña sobre Kevin Bacon o el cameo de Lloyd Kauffman. Y los fans de los tebeos también tienen tela que cortar (sólo la mera presencia de Yondu ya da para una precuela). Gunn transgrede los límites preestablecidos por Hollywood y deja la seriedad aparcada. Se comporta como un adolescente y hace bromas freakies que funcionan como chistes para todos los públicos. Y aquí el cómic de superhéroes se trata con la normalidad que se merece, como un producto cultural más, sin barreras ni prejuicios. Es la peli total. Es el blockbuster definitivo.

¿Y qué decir de la escena postcréditos? En serio, es un subidón. En veinte segundos, casi sin guión y con un diálogo escrito en la taza del water, la escena arranca las sonrisas, las lágrimas y casi el corazón de media sala. Al sentir la reacción de la gente, vi lo hondo que había calado el fantaterror en nuestra infancia y en nuestros padres. No sólo de los aficionados al cómic, también de esa generación afortunada de los 80. Con esos veinte segundos, Gunn consigue lo que J.J. Abrams no consigue en las dos horas de Super 8: hacernos recuperar la ilusión por ir al cine.

8 ago. 2014

Sobredosis de plumillas: lo que pienso del cine de superhéroes

por David G. González
Nadie me lo ha pedido. Ramón de España no me lo ha pedido. El lobby gay tampoco me lo ha pedido. Pero voy a decir unas cuantas cosas sobre el cine de superhéroes.

Si voy a ver una peli de superhéroes no quiero ver una peli de Haneke, en serio. No quiero ver a Plastic Man en manos de Terry Gilliam ni a Estela Plateada dirigida por Herzog. Sí, me encanta La pianista, me lo pasé de muerte con Miedo y asco en Las Vegas y el remake de Teniente Corrupto me parece la obra de un iluminado. Pero cuando voy a ver una peli de superhéroes voy a ver una peli de superhéroes.

Es muy sencillo: el cómic de superhéroes es un producto de consumo popular, masivo y rápido. No hablo necesariamente de los cómics de ahora, no hablo del Ojo de Halcón de Fraction y Aja, ni de los Ultimates. Hablo de Stan Lee, Steve Ditko y Jack Kirby. Hablo de Romita, Buscema y Davis. Hablo de los buenos tiempos.

Cuando releo el Silver Surfer de Stan Lee y John Buscema (y, en serio, soy un fan de Silver Surfer) no tengo que pararme a leer dos veces los diálogos. Ni siquiera lo hizo Stan Lee cuando los escribió. No hay ideas complejas ni reflexiones profundas. Hay un tipo plateado, sólo ante el universo, luchando contra los malos. Spiderman ama a Mary Jane. Superman salva La Tierra.

Los Vengadores de Joss Whedon o la segunda parte de Thor me parecen traslaciones perfectas de este espíritu a la gran pantalla, adaptadas a su tiempo y a su público con profesionalidad y más respeto del que Hollywood suele demostrar. Historias para todos, divertidas y con mensajes bienintencionados. Cosas claras y directas. Cosas sencillas.

Que venga alguien y diga que esto es de cretinos es como decir que la historia de la cultura popular, del Porompompero a Warhol, es basura. Que Curtis Garland escribía mierda. Que Amando de Ossorio hacía pelis para tontos. Es quitarle el alma a las salas de cine y a los tebeos de superhéroes.

El 6 de agosto de 2014, en la edición digital de El Periódico, Ramón de España escribía una artículo titulado Sobredosis de superhéroes (no, no voy a linkarlo) en el que tachaba de cretino al público generalista y de “cantamañanas” a Alan Moore. Venía a decir también que The Sandman era una chorrada. Y alababa el Batman de Tim Burton y el Hellboy de Guillermo del Toro como si fueran las únicas adaptaciones cinematográficas que se pudieran salvar de una quema. No decía nada del Watchmen de Zack Snyder, ni del American Splendor de Robert Pulcini y Shari Springer, ni del Ghost World de Terry Zwigoff, ni del Sin City de Robert Rodríguez. Ni de Akira o Persépolis (sí, señor De España, la animación también es cine). Ofendido, como aficionado al cómic y al cine y periodista, les escribí una carta.

La nueva imagen de Thor que Marvel anunció el pasado julio
Eso sucedía pocos días después de que Beatriz Rojo publicara en La Gaceta un artículo bajo el título “Superhéroes gays, transexuales y de color”. Huelga decir que el texto levantó la ira de los aficionados diciendo cosas como que Thor es “el primer superhéroe transexual” o insinuando que hay un lobby gay con poder suficiente como para decidir el devenir de los personajes de Marvel.

En serio, se está escribiendo por llenar páginas, cortando y pegando de aquí y de allá sin medida. Y lo peor es que estos plumillas adoptan una actitud pseudoprogresista de postín que no hace ningún bien. No es simplemente cuestión de enfadar a los aficionados al cómic. Los lectores de tebeos han sido siempre una minoría, y las minorías están acostumbradas a no ser respetadas. Es que lo hacen con todo. Lo hacen con el hambre y el paro. Lo hacen con los políticos. Es que, señores de la prensa, llenando sus páginas de mierda lo único que conseguirán es que todo el mundo que tenga dos dedos de frente deje de leerles. En serio. Sólo lo harán los cretinos.